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Una Europa diferente, pero muy diferente

Después de unos días en la segunda Alemania –Viena, Austria-, el tren partió hacia los demás países del este. El destino más próximo era Budapest, capital de Hungría y ciudad natal de una de las personas más graciosas y directas que conocí en Barcelona, Agnes.
El viaje duró un par de capítulos de Anne Rice, canciones del Ipod y siestas interrumpidas. El paisaje, como en cualquiera de los otros viajes, era fantástico. Sin embargo, esa fantasía fue rota cuando el tren arribó. La estación de tren de Budapest, Kaleti, es muy parecida a la estación de tren de Constitución, y la zona no se queda atrás. Fue una sensación extraña la que invadió mi cuerpo en ese entonces porque nunca me había sentido así. Lo peor de todo era que el frío no acompañaba a la mejora y esa sensación me embriagó, y no sé si no empeoró en los días que restaban, hasta llegar nuevamente a Barcelona.
La caminata empezó con miedo, así también como la salida de la cámara fotográfica de la mochila. Pero a medida que el turismo se fue acercando al centro la cosa cambió para volver por la noche en la espera del tren a Belgrado, Serbia.

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